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Domingo V de Pascua. La Vid y los Sarmientos

Sábado 2 de mayo de 2015

Estamos en tiempos donde los vínculos se sustentan en la debilidad, todo sucede rápido, y la indiferencia campa como clave para vivir; son tiempos “líquidos”, del hombre light. Solo el amor nos puede transformar. Es el proyecto de Dios Padre que entrega a su hijo Jesús por amor. Un amor que se hace “pasión” y “locura”; un Dios que se entrega hasta el extremo. Un amor que nos llama a ser don para los demás. Mirando a Jesús, descubrimos que el amor es acción, servicio y compromiso, todo lo contrario a la indiferencia. Amar, al estilo de Jesús, es ir más allá de la solidaridad para vivir la comunión.
Hoy tomemos conciencia de que el bautismo que hemos recibido tiene un efecto principal: la unión con Cristo. Seguirlo y estar unido a él es la misma cosa. Jesús no quiere que nos sometamos a él por una doctrina, sino que nos adhiramos a su persona, a su vida. Mejor, él se une a nosotros, su vida está en nosotros.
La parábola de la vid y los sarmientos, nos puede ayudar a darnos cuenta de los frutos que da esta vida de seguidores de Jesús. Unidos a Jesucristo, los frutos que daremos serán frutos de Dios. Nos pide a los cristianos que seamos personas que “hagamos cosas”. Buenas obras. Los frutos no siempre son medibles con los criterios pragmáticos y de “producción”, que es un criterio económico, sino desde los valores de Jesús muerto y resucitado. Que todo su camino, toda su vida y acción, no cambió aparentemente nada en el funcionamiento de su sociedad, pero cambió el corazón de muchas personas. Y eso sí tiene efectos en la vida social.
En nuestra oración acordémonos de toda la catástrofe del Nepal. Seguimos siendo ”piedras vivas” de comunidad.

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Oración: Que lleguemos a producir el fruto que esperas

Te damos gracias, Padre de Jesucristo y nuestro,
porque has querido injertarnos
en la vid verdadera que es tu Hijo Jesús;
y te pedimos que nos dejemos trabajar
e incluso podar por ti y por el Espíritu Santo,
para que lleguemos a producir
el fruto que esperas de cada uno de tus hijos
y de toda la comunidad cristiana.

No permitas, Padre, que nos convirtamos
en sarmientos secos o que dan uvas agrias.

Tu actitud, Padre, indica el amor
y la confianza que tienes en nosotros;
ayúdanos también a valorar
y a confiar en los demás,
como Bernabé confió en Pablo
y lo introdujo en la vida de la comunidad
y la convivencia con los apóstoles.

Que nuestras comunidades superen
la desconfianza para acoger a nuevas personas,
que todos seamos capaces de ayudarnos
y de cuidar unos de otros;
que el amor que reina entre nosotros
sea de obras y de verdad.

Durante estas semanas del tiempo pascual,
niños y adolescentes empiezan a participar
de la Eucaristía en muchas parroquias:
ayúdanos a saber acogerlos, tanto a ellos
como a sus padres y familiares
y a saberles comunicar la belleza de la fe
compartida y vivida cada día
en el interior de la comunidad cristiana.

"La Misa de cada día", de la Editorial Claret



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