En la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, la Palabra de Dios nos invita a contemplar el verdadero sentido del reinado que viene de Dios. En la primera lectura, el pueblo de Israel reconoce a David como su rey y lo unge, recordándonos que Dios elige y guía a sus pastores. El salmo expresa la alegría de caminar hacia la casa del Señor, signo de un pueblo que confía y se pone en camino. San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos presenta a Cristo como el Rey supremo: en Él todo fue creado y por Él somos salvados y llevados al reino del amor. Finalmente, el Evangelio nos muestra a Jesús reinando desde la cruz, donde su poder se manifiesta no en la fuerza, sino en el amor y la misericordia. Hoy celebramos a Cristo Rey, que gobierna nuestros corazones y nos llama a vivir en su verdad y su paz.
En este domingo, la Palabra de Dios nos invita a mirar la vida con esperanza y a mantenernos firmes en medio de las dificultades. El profeta Malaquías nos recuerda que Dios es como un “sol de justicia” que ilumina y da calor a quienes confían en Él. El salmo proclama que el Señor viene a gobernar con rectitud, trayendo paz y armonía a los pueblos. San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, nos anima al esfuerzo responsable: el trabajo bien hecho construye comunidad y ayuda a vivir con dignidad. Finalmente, Jesús, en el Evangelio de Lucas, nos habla de tiempos difíciles, pero nos asegura que la perseverancia nos salvará.
Hoy celebramos la IX Jornada Mundial de los Pobres bajo el lema: “Tú, Señor, eres mi esperanza”. Dejemos que estas lecturas nos impulsen a confiar más en Dios y a acercarnos con amor a quienes más lo necesitan.
Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán, madre y corazón de todas las iglesias del mundo. Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Dios quiere habitar en medio de su pueblo y también dentro de cada uno de nosotros. El profeta Ezequiel nos muestra un río que brota del templo y llena todo de vida, signo del amor de Dios que renueva lo que toca. San Pablo nos dice con claridad que somos templo de Dios: su Espíritu vive en nosotros y nos invita a cuidar esa presencia. En el Evangelio, Jesús habla del templo de su propio cuerpo, anunciando que en Él encontramos la verdadera cercanía con el Padre.
En este Día de la Iglesia Diocesana, bajo el lema «Tú también puedes ser santo», recordamos que todos estamos llamados a dejarnos transformar por Dios y a construir juntos una comunidad viva, llena de fe y esperanza.
Cada 1 y 2 de noviembre, la Iglesia Católica celebra con profunda fe y esperanza dos solemnidades llenas de significado: el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos.En la primera, honramos a todos aquellos hombres y mujeres que, habiendo vivido con fidelidad el Evangelio, gozan ya de la presencia de Dios en el cielo, incluso a los santos desconocidos que no figuran en los calendarios litúrgicos. En la segunda, elevamos nuestras oraciones por todos los difuntos, especialmente por aquellos que aún esperan alcanzar la plenitud eterna del Reino.
Estas jornadas nos invitan a contemplar el misterio de la comunión de los santos, a fortalecer nuestra esperanza en la vida eterna y a renovar nuestro compromiso de caminar con santidad en la tierra. Como comunidad parroquial, unámonos en la oración, en la memoria agradecida y en la confianza en la misericordia de Dios, que promete la resurrección y la vida sin fin para todos sus hijos.
Las lecturas de este domingo nos invitan a mirar el corazón con verdad y sencillez ante Dios. El libro del Eclesiástico nos recuerda que el Señor no se deja impresionar por apariencias ni privilegios, sino que escucha con especial ternura la oración del pobre y del humilde, aquella que “atraviesa las nubes”.
San Pablo, en su segunda carta a Timoteo, nos ofrece su propio testimonio de fe vivida hasta el final: ha combatido el buen combate y espera, con confianza, la “corona de la justicia” que el Señor concede a quienes han permanecido fieles.
En el Evangelio, Jesús nos presenta la parábola del fariseo y el publicano. Uno se siente justo y se enorgullece de sus méritos; el otro, consciente de su fragilidad, solo puede decir: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador”. Y es este último —el publicano— quien baja a su casa justificado.
Hoy, la Palabra nos enseña que la verdadera oración nace de la humildad. No se trata de compararnos con los demás ni de presumir de nuestras obras, sino de presentarnos ante Dios con un corazón sincero, confiando plenamente en su misericordia.
Este domingo celebramos la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), una ocasión especial para renovar nuestro compromiso con la misión universal de la Iglesia. La Palabra de Dios nos invita hoy a perseverar en la fe, a sostenernos en la oración y a ser testigos activos del Evangelio en el mundo.
En la primera lectura del libro del Éxodo (Ex 17, 8-13), Moisés ora con los brazos en alto mientras el pueblo combate. Su perseverancia simboliza la fuerza de la oración que sostiene la misión de todos. También los misioneros —en lugares lejanos o en nuestra vida cotidiana— necesitan que mantengamos “los brazos levantados” en oración por ellos.
El Salmo 120 proclama con confianza: “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.” Toda obra misionera nace y se apoya en esa certeza: no actuamos por nuestras fuerzas, sino por la gracia del Dios que acompaña siempre a su pueblo.
San Pablo, en su carta a Timoteo (2 Tim 3,14–4,2), anima a permanecer firmes en la Palabra y a proclamarla “a tiempo y a destiempo”. Es el mismo llamado que hoy recibe cada cristiano: anunciar el Evangelio con valentía, en cualquier lugar y circunstancia.
Finalmente, en el Evangelio según san Lucas (Lc 18,1-8), Jesús nos enseña a orar sin desanimarnos, seguros de que Dios escucha el clamor de sus elegidos. La misión, como la oración, exige constancia, fe y esperanza activa.
En este DOMUND, pidamos al Señor que fortalezca a todos los misioneros y que nosotros mismos seamos testigos perseverantes de su amor. Que nuestra oración, nuestra ayuda y nuestro compromiso hagan visible el rostro misericordioso de Dios en todos los pueblos.
Hoy celebramos con alegría la fiesta de la Virgen del Pilar, patrona de la hispanidad y signo de fe firme y esperanza para todos los cristianos. Las lecturas de este día nos invitan a contemplar a María como la mujer que, unida a Dios y a su pueblo, nos guía hacia su Hijo. En la primera lectura, David prepara un lugar digno para el Arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios. Así también María fue la “arca viva” que llevó en su seno al Salvador. El salmo nos hace proclamar con gozo la grandeza del Señor, que exalta a los humildes. En los Hechos de los Apóstoles, vemos a María perseverando en oración con la comunidad, ejemplo de fe y unidad. Finalmente, el Evangelio nos recuerda que la verdadera dicha de María está en escuchar y cumplir la palabra de Dios. Que la Virgen del Pilar fortalezca nuestra fe y nos mantenga siempre firmes en el amor.
Hoy celebramos con alegría la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, columnas fundamentales de la Iglesia. Ambos, con caminos distintos pero unidos por la fe en Cristo, dieron su vida anunciando el Evangelio. Las lecturas de hoy nos recuerdan cómo Dios actúa poderosamente en la vida de quienes confían en Él. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro es liberado milagrosamente de la cárcel, una señal clara de la protección divina. Pablo, en su carta a Timoteo, reconoce que su vida ha sido una entrega total y que lo espera la corona de justicia. En el Evangelio, Jesús confía a Pedro las llaves del Reino de los cielos, dándole una gran responsabilidad en la Iglesia. Que este día nos inspire a renovar nuestra fe y nuestra misión como cristianos, sabiendo que, como Pedro y Pablo, también nosotros somos llamados a dar testimonio del amor de Dios con valentía y esperanza.
Este domingo celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, también conocida como Corpus Christi. Es una fiesta para dar gracias por el don de la Eucaristía, presencia real de Jesús entre nosotros. La primera lectura nos presenta a Melquisedec, sacerdote del Altísimo, que ofrece pan y vino, anticipando lo que Cristo haría en la Última Cena. El salmo proclama que Jesús es el sacerdote eterno. En la carta a los Corintios, san Pablo nos transmite las palabras de Jesús: “Este es mi cuerpo… esta es mi sangre”, recordándonos que cada Eucaristía es memoria viva de su entrega. El evangelio nos relata la multiplicación de los panes, signo del amor de Jesús que alimenta y sacia. Que esta celebración nos ayude a renovar nuestra fe en la Eucaristía y a vivir con gratitud el misterio del amor de Dios que se queda con nosotros en cada misa.
Este domingo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, el gran misterio del Dios único en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las lecturas nos invitan a contemplar cómo Dios se ha revelado a lo largo de la historia. En el libro de los Proverbios, la Sabiduría —imagen de Cristo— estaba con Dios desde antes de la creación. El salmo nos ayuda a alabar la grandeza del Señor, que ha hecho maravillas en el universo. San Pablo, en su carta a los Romanos, nos recuerda que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Y en el evangelio, Jesús nos muestra la profunda unidad entre Él, el Padre y el Espíritu. Que esta celebración renueve en nosotros la fe en el Dios Trinitario, que vive en comunión y nos llama a vivir en el amor, la unidad y la paz.