En este gran día de Pentecostés, celebramos el comienzo y el significado de la Iglesia, celebramos el Aniversario del glorioso nacimiento de nuestra Iglesia. El mismo Cristo Resucitado sopla su Espíritu sobre nosotros, asiste, dirige, anima y conduce a su Iglesia. El es el que nos da vida y fuerza para continuar la misión de Cristo. Como miembros de la Iglesia, expresemos muestra de gozo en el Espíritu.
En este Domingo de Pascua, celebramos la ascensión del Señor Jesús a los cielos. Esta gran manifestación de Dios nos recuerda que Jesús es el Señor y Salvador del universo. Su ascensión nos da la certeza de que la salvación es real y que es posible.
Pero la ascensión de Jesús también es un mandato para nosotros. Como discípulos suyos, estamos llamados a seguir su ejemplo y a predicar el evangelio a todas las criaturas. Es nuestro deber evangelizar y compartir el amor y la misericordia de Dios con todos.
Hermanos y hermanas, en este VI Domingo de Pascua, somos llamados a reflexionar sobre el amor de Dios que nos ha sido revelado a través de su Hijo Jesucristo. En las lecturas de este domingo, escucharemos cómo el amor de Dios se manifiesta en la amistad con Jesús, en el mandamiento de amarnos los unos a los otros y en el hecho de que Dios es amor. Que estas lecturas nos ayuden a abrir nuestros corazones al amor de Dios y a vivir en comunión con nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesús.
Las fuentes de la palabra en este domingo nos hablan de comunión de vida con Cristo y con los hermanos mediante la fe y el amor. Cristo es la Vid, es decir el tronco, y nosotros las ramas. Unidos a Él por el Espíritu que nos dio, produciremos fruto abundante si cumplimos el mandamiento de Dios: creer en Jesús y amarnos unos a otros; como dio fruto el nuevo converso Pablo de Tarso una vez injertado en la comunidad eclesial que animaba el Espíritu Santo.
Este domingo, las lecturas nos transmiten un hermoso mensaje sobre el amor de Dios y la importancia de las vocaciones en la vida de la Iglesia. En el Evangelio según San Juan, Jesús se presenta como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, recordándonos que nos conoce y nos llama por nuestro nombre. Estamos llamados a seguirle y a escuchar su voz.
En este IV Domingo de Pascua, en el que recordamos que Jesús es nuestro buen pastor y la piedra angular que sostiene nuestra fe, la Iglesia celebra unida la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de Vocaciones Nativas. El lema de este año es: «Hágase tu voluntad. Todos discípulos, todos misioneros». Es un recordatorio de la importancia de vivir nuestra vocación con fidelidad y disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios en nuestras vidas.
En estos días de Pascua, la Iglesia nos anuncia sin descanso, que Cristo ha resucitado y que ruega por nosotros ante el Padre. Al igual que los Apóstoles, nosotros también tenemos miedo de creer realmente en la Buena Noticia y somos también lentos en aceptar la paz que Jesús nos ganó por su muerte. San Pedro nos llama al arrepentimiento, mientras que el Evangelio nos invita a ser testigos de Jesús y a predicarle a todas las naciones.
Las lecturas bíblicas de este domingo se concluye una idea básica: la Comunidad cristiana como signo de Cristo resucitado. La Iglesia que surge de la Resurrección del Señor y nace del bautismo en el Espíritu es comunidad que vive unida en el amor y atestigua con su vida la victoria de la fe sobre el mal del mundo.
Todo el camino cuaresmal apuntaba a esta semana, nuestra mirada se fijaba en gestos que nos evocaban el “Misterio Pascual de Señor Jesús”. Nos hemos ido preparando con espíritu de conversión. Ahora celebramos en comunión con toda la Iglesia. Y comenzamos significando la entrada vitoreada y aplaudida de Jesús en Jerusalén en medio del ambiente festivo de la pascua.
Pero este día es de claroscuro, es domingo de pasión. Si por un lado aparece el piropo y la alabanza, por otro asoma el rechazo y la pasión.
Domingo de Ramos es el umbral de una semana llena de revelación y testimonio. Entremos en ella con verdadera actitud cristiana y con el deseo de fortalecer la conversión pascual.
En este domingo 3º de cuaresma recordamos el momento en que Jesús entró en el templo convertido en un mercado y todo enfadado gritó: “llevaos esto de aquí, no convirtáis no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Que vengamos cada domingo al templo a encontrarnos con Dios, que aprendamos a respetar el templo y que vivamos las celebraciones con mucha fe.
En este tercer domingo de Adviento, somos invitados a llevar la buena noticia del Evangelio a los demás, regocijándonos siempre en el Señor y siendo testigos de su luz en el mundo. Que nuestra alegría sea contagiosa y nos impulse a compartir el amor y la esperanza de Cristo con todos los que encontramos. Que el Señor nos dé la fuerza y la gracia para hacerlo.